Valor sentimental
Habitar la casa donde se escribió el primer guión. La escritura como acto de restitución.
3 de enero de 2026.
Madrugada.
Comienzo a ver una película, Sentimental Value.1
Las escenas iniciales hablan de la protagonista y un ensayo que escribió cuando era joven sobre la casa en la que se crió. Muestra, con delicadeza y lentitud, los detalles de la arquitectura, los pisos, las ventanas y la luz, hasta llegar a una grieta que la atraviesa verticalmente —desde sus cimientos hasta uno de los cuartos interiores—.
Algo profundo se enciende en mí con esos primeros cuadros, esas primeras líneas. El acto de estar mirando esta película en la casa de mi adolescencia y juventud, la casa que compartí con mis padres, acerca a la orilla una verdad: la grieta simbólica.
La casa —esta casa desde la que escribo hoy— es el escenario de la herida original, el lugar en el que se escribió el guión de mi sobreadaptación constante, de mi complacencia, de la invisibilización de mis necesidades.
Estar escribiendo en este paisaje hoy, bajo la luna llena, no es casualidad: es un milagro. La vida dispuso que permaneciera en Buenos Aires, en esta casa, el tiempo suficiente para que pudiera volver a habitar la escena primigenia, para que pudiera observar esa grieta y, finalmente, dejarla ser. La vida dispuso este curso de acontecimientos no para que fuera víctima del caos, sino para reordenarme.
Para reclamar el espacio físico de mi pasado, y transformarlo.
Para encontrar un nuevo concepto de hogar.
Para declarar mi inocencia y mi libertad.
Con este acto de escritura, renuncio al cuidado por fuera de mis posibilidades, a la sensación de que debo tolerar y editarme para garantizar la paz del hogar. Entrego al Espíritu cualquier vestigio de sacrificio, pequeñez e inquietud. Le entrego la sensación de que mi existencia es inconveniente para otros; le entrego el agobio, la fatiga, el dolor.
Con este acto de escritura llega la claridad: no soy yo quien eligió ver esta película cuando la luna llena transita por cáncer, es la vida misma eligiendo a través mío. Es la vida insistiendo: ¿Qué de lo vivido será sostenido? ¿Qué decido dejar ir?
Al fin, gracias a la escritura, la percepción se clarifica y comienza a ser un reflejo de lo que pide ser recordado:
«Este mundo en el que pareces vivir no es tu hogar. Y en algún recodo de tu mente sabes que esto es verdad. El recuerdo de tu hogar sigue rondándote, como si hubiera un lugar que te llamara a regresar, si bien no reconoces la voz ni lo que ésta te recuerda. (…)
Hoy hablamos en nombre de todo aquel que vaga por este mundo, pues en él no está en su hogar. Camina a la deriva enfrascado en una búsqueda interminable, buscando en la obscuridad lo que no puede hallar, y sin saber qué es lo que anda buscando. Construye miles de casas, pero ninguna de ellas satisface a su agitada mente. No se da cuenta de que las construye en vano. El hogar que anda buscando, él no lo puede construir. (…)
Tal vez pienses que lo que quieres encontrar es el hogar de tu infancia. La infancia de tu cuerpo y el lugar que le dio cobijo son ahora recuerdos tan distorsionados que lo que guardas es simplemente una imagen de un pasado que nunca tuvo lugar. Mas en ti hay un Niño que anda buscando la casa de Su Padre, pues sabe que él es un extraño aquí. Su infancia es eterna, llena de una inocencia que ha de perdurar para siempre. Por dondequiera que este Niño camina es tierra santa. (…)
Cuando te hayas aquietado por un instante, cuando el mundo se haya alejado de ti y las vanas ideas que abrigas en tu agitada mente dejen de tener valor, oirás Su voz. Su llamada es tan conmovedora que ya no le ofrecerás más resistencia. En ese instante te llevará a Su hogar, donde permanecerás con Él en perfecta quietud, en silencio y en paz, más allá de las palabras, libre de todo temor y de toda duda, sublimemente seguro de que estás en tu hogar».2












